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domingo, 10 de junio de 2018

María Zambrano > Claros del bosque (II)

Dibujo de Inés González 

(...) Si se las invoca llegan en enjambre, oscuras. Y vale más dejarlas partir antes de que penetren en la garganta, y algunas en el pecho. Vale más quedarse sin palabras, como al inocente también le sucede cuando le acusan.
Cuando de pensamiento se trata, ellas, las palabras hacedoras de orden y verdad, pueden estar ahí, casi a la vista, como un rebaño o hato de mansas ovejas, dóciles, mudas. Y hay que enmudecer entonces como ellas, respirando algo de su aliento, si lo han dejado al irse.
Y volver el pensamiento a aquellos lugares donde ellas, estas razones de verdad, entraron para quedarse en "orden y conexión" sin apenas decir palabra, borrando el usual decir, rescatando a la verdad de la muchedumbre de las razones.

María Zambrano > Claros del bosque > Las palabras > Antes de que se profiriesen las palabras.

AL MODO de la semilla se esconde la palabra. Como una raíz cuando germina que, todo lo más, alza la tierra levemente, mas revelándola como corteza. La raíz escondida, y aun la semilla perdida, hacen sentir lo que las cubre como una corteza que ha de ser atravesada. Y hay así en estos campos una pulsación de vida, una onda que avisa y una cierta amenaza de que algo, o alguien, está al venir.
No podrá entender que algo así suceda con la palabra sino aquel que haya padecido en un modo indecible el haber sido dejado por ella, sin que sea necesario que una tal situación llegue a la privación. Es la palabra interior, rara vez pronunciada, la que no nace con el destino de ser dicha y se queda así, lejos, remota, como si nunca fuese a volver (...)

María Zambrano > Claros del bosque > Las palabras > El anuncio.

SE OÍA, ¿se hubiera oído la guitarra si su sonar no abriera desde el primer instante el modo justo de escuchar? Era su primera virtud indiscernible de momento. Los preocupados de pedagogía quizá hayan caído en la cuenta de que es la Música la que enseña sin palabras el justo modo de escuchar. Y de que cuando de palabra se trata, sucede así igualmente, que es la música, que puede ser un modo de silencio, la que sostiene la palabra en su medio y en su modo justo, ni más alta ni más baja -siempre preferible un poco más baja-. Porque la música es, desde un principio, lo que se oye, lo que se ha de oír, y sin ella, la palabra sola, decae adensándose, camino de hacerse piedra, o asciende volatizándose, defraudando (...)

María Zambrano > Claros del bosque > Las palabras > El concierto.
(Para el maestro Andrés Segovia)

La soledad, aquella más pura no tocada por el afán de independencia ni por el sentimiento de encontrarse aislado, la soledad aceptada en el abandono, recibe el don de la mirada remota que la sostiene. Es dudoso que exista en el hombre una soledad total, ésa que algunos filósofos y poetas suponen vaya a ser la soledad del que muere. Y en ese caso diríamos ¿por qué no del que nace? Y si se siente la esperanza del resucitar, ¿por qué no la del resucitado? Mientras que el sentir originario que brota desde más allá de las situaciones y de los sucesos que las circundan, el sentir irreductible de la criatura llamada hombre, testimonia de lo imposible de la soledad radical. Y la huida de la soledad pura testimonia a su vez de esa especie de incondicionada presencia, de esa compañía indescifrable. (...)

María Zambrano > Claros del bosque > La entrega indescifrable > La mirada remota.
(Editorial Seix Barral - Biblioteca de bolsillo)












lunes, 4 de junio de 2018

María Zambrano > Claros del bosque (I)

María Zambrano en distintos momentos de su vida.

(...) "el hombre es el ser que padece su propia transcendencia" en un incesante proceso de unificación entre pasividad y conocimiento, entre ser y vida. Vida verdadera, sorprendida tan sólo en algunos claros que se abren en la espesura inicial entre cielo y tierra. Y en el remoto horizonte donde cielo y tierra, ser y vida, vida y muerte se anega (...)

(María Zambrano habla sobre su libro "Claros del bosque")

El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se le obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención (...)

María Zambrano > Claros del bosque > Claros del bosque

Casa de la vida y cauce, es difícil que el corazón encuentre su propia realidad, que se sienta a sí mismo en pureza y unidad.
Lo que quiere decir, sin reflejarse, sin mirarse, fuera de sí, viéndose en algún espejo que le dé su imagen, sin ansia alguna tampoco de ser mirado por alguien que sea su igual, que le devuelva una imagen que anexionarse. Y sin buscar complemento ni anejo alguno; en soledad

Hay un género de soledad que comienza por ser no un aislamiento, sino un haberse desposeído de toda propiedad. Un quedarse a solas, más que por no tener compañía, por haberse extinguido ese sentido de lo propio, por haberse abolido la ley de la apropiación. Y con ella la colonización que obliga a salirse de sí mismo continuamente , a cuidar de lo otro sabiéndolo "otro", o en otro, para que le pertenezca (...) 


(...) Pues que en lo humano, ningún movimiento, aunque sea del corazón, aparece libre de intención, sino en instantes privilegiados. Y en la intención hay como una proposición de sí mismo, un proponerse ser algo o alguien. La falta de inocencia es aquí donde mayormente se hace sentir, en estos movimientos del ser anteriores a toda moral.
Y así, reposar en sí mismo, el corazón no puede sino en raros momentos de ventura, respirar en el silencio de su ser. Más ¿tiene acaso ser suficiente para hacerlo? Sólo mientras en silencio está en sí mismo, sin pretensión alguna, sin intención (...)

(...) Y así cuando en un instante se quede del todo quieto se abrirá al par, dándose entero. Es lo que sueña. Como todo lo encerrado, sueña el corazón con escaparse, como todo lo encadenado, desprenderse, aún a costa de desgarrarse. Como todo aquello que contiene algo precioso, con derramarlo de una vez. Mientras se sueña así el corazón se reitera y la violencia  entonces es su cadena, que más pasivo que nunca arrastra.. Va ciego, él que es lo único que puede llevar la luz hacia abajo, a los inferos del ser. No podrá ser libre sin conocerse(...)

María Zambrano > Claros del bosque > La metáfora del corazón.
(Editorial Seix Barral - Biblioteca de bolsillo)

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