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domingo, 27 de abril de 2014

Caída.




CAÍDA


En la noche de los tiempos

Ayer 

eterno pasado

viajaba yo contra el viento
Una alondra
allá en el cielo

Se paralizan mis alas
Ya de plomo me presiento
y una fuerza
allá en el suelo
Gravedad de peso muerto
me recordó que era tierra
envanecida de orgullo
Una sombra en un espejo

Faetón achicharrado
Caigo cada vez más raudo

Pierdo mis alas cayendo
que soy Ícaro irredento
al laberinto de Dédalo
de donde no saldré nunca

Asterión ya para siempre
Torpe monstruo encarcelado

Tampoco vendrá Teseo
a liberarme del tiempo
de los muros y del cieno

Trotaré
resoplaré

mugiré a ese cielo airado

Ya no esperaré más
Teseo
Tú no eres un héroe
claro
Cómo un valiente podría
Olvidar a Ariadna en Naxos

Mateosantamarta, Abril de 2014

Lamento de Ariadna.
Tanto el poema como la ilustración -una prueba de un grabado no editado- pueden seguir evolucionando...


domingo, 13 de abril de 2014

Ovidio > Metamorfosis> Tereo, Progne y Filomela . Libro VI, 412 - 674.



Imagen http://es.wikipedia.org/wiki/Tereo


No lo leas si eres muy sensible, aunque sólo es una leyenda mitológica.

...
Ovidio > Metamorfosis> Tereo, P gne y Filomela . Libro VI, 412 - 674.
(...)
El tracio Tereo los dispersó con fuerzas de socorro, y por su victoria tenía un nombre glorioso; a este Tereo, poderoso en recursos y hombres y cuya prosapia se remontaba hasta el augusto Gradivo (Marte), se lo vinculó Pandión (rey de Atenas) mediante el matrimonio con Progne. No asistió a aquel tálamo Juno la protectora del matrimonio, no el Himeneo, no la Gracia: las Eumenides (Furias) sostuvieron las antorchas, cogidas de un entierro. Las Euménides prepararon el lecho, en la casa se alojó un búho siniestro y vino a posarse en el techo de la alcoba nupcial. Con este pájaro como presagio se unieron Progne y Tereo, y con el mismo llegaron a ser padres. Es verdad que les felicitó la Tracia y que ellos dieron gracias a los mismos dioses y que, tanto el día en que había sido otorgada al glorioso soberano la hija de Pandión como el día que había nacido Itis, ordenaron que fueran celebrados como solemnes; ¡hasta tal extremo está oculto lo que es útil! Ya Titán había hecho pasar por cinco otoños la duración del año que retorna, cuando Progne habló así acariciando a su marido: "Si me estimas en algo, envíame a visitar a mi hermana, o bien que venga aquí mi hermana. Prometerás a tu suegro que volverá al poco tiempo; ver a mi hermana será para mí un magnífico obsequio tuyo". Ordena él que un navío sea botado al mar, y, navegando a vela y remo, entra en el puerto de Cécrope y alcanza las playas del Piréo. Tan pronto como llego a presencia de su suegro, se une la diestra a la diestra y se entabla una conversación que se inicia con signo favorable. Había empezado Tereo a exponer el motivo de su venida y el encargo de su esposa, y a comprometerse a un rápido regreso de la viajera cuando ,de pronto, llega Filomela, opulenta por el lujo de su atavío, pero más opulenta por su belleza, semejante a como solemos oír que avanzan por el corazón de los bosques las Náyades y las Dríades, con sólo que se las suponga arregladas y con parecido atavío. No de otro modo se encendió Tereo al ver a la joven, que cuando se enciende fuego debajo de las espigas que blanquean o se quema hojarasca y hierba que estaba almacenada en los heniles. Verdaderamente lo merecía la figura de Filomela, pero a Tereo le espolea también su lujuria innata, y la población de aquellas regiones es propensa al amor: arde por el defecto de su raza a la vez que por el suyo propio. Siente el impulso de sobornar la custodia de los acompañantes de Filomela y la fidelidad de su nodriza e incluso solicitarla a ella misma con regalos exorbitantes gastando su reino entero, o bien de raptarla y una vez raptada conservarla con feroz guerra; y no hay nada a lo que no se atrevería aquel hombre que es presa de un amor desenfrenado, y su pecho no es capaz de guardar encerradas sus llamas. Y ya apenas puede soportar la tardanza, y con ávidos labios vuelve a exponer el encargo de Progne y expresa sus propios anhelos bajo el nombre de ella. El amor lo hacía elocuente, y cuantas veces suplicaba más de lo justo pretendía que esa era la voluntad de Progne; añadió también lágrimas, como si también se las hubiera encargado. ¡Ay, dioses, qué gran medida de noche ciega también los corazones mortales! Por el mismo esfuerzo con que prepara su crimen es tenido Tereo por ejemplar esposo, y de su maldad saca glorioso nombre. Más aún, lo mismo ansía Filomela y, sujetando acariciante los hombros de su padre con sus brazos, por su propia vida y aun contra su propia vida le pide ella misma que la deje marchar a ver a su hermana. Tereo la contempla y con la vista palpa antas de tiempo, y, al advertir los besos y los brazos que rodean el cuello, todo le sirve de acicate y de tea y de pábulo de su insania, y cuantas veces abraza ella a su padre quisiera ser su padre; porque no por eso se abstendría de su atrocidad. El progenitor se doblega a las súplicas de ambas: ella se alegra y da gracias a su padre y cree, desgraciada, que ha sido un éxito para las dos lo que era calamitoso para las dos. Y ya era muy pequeña la tarea que a Febo (Apolo, el sol) le quedaba y sus caballos golpeaban con las patas la región donde el Olimpo está en pendiente (el ocaso): un regio menú es servido en la mesa y Baco en el oro (vino en vajilla de oro), trás de lo cual se entregan sus cuerpos a un plácido sueño. Se hizo de día y Pandión, estrechando la diestra de su yerno al marchar éste, le recomienda a su acompañante con lágrimas en los ojos: <>. Hacía estos encargos y a la vez daba besos a su hija, y en medio de sus recomendaciones le caían tiernas lágrimas. Y como garantía del compromiso les pidió a ambos las diestras y cuando se las dieron las juntó, y les ruega que en su nombre se acuerden al hablar de saludar a su hija y a su nieto ausentes, y apenas pudo pronunciar, con su boca sollozante, el último adiós, y se asustó de los presagios de su propio corazón.
Tan Pronto como embarcó Filomela en el pintado navío y se alcanzó el mar abierto a fuerza de remos y la tierra quedó lejos, grita Tereo: "He vencido y conmigo viaja mi pasión". Y se alboroza y apenas puede resolverse a aplazar su goce aquél bárbaro y en ningún momento aparta de ella la mirada, no de otro modo que cuando con sus patas ganchudas la rapaz ave de Júpiter (el águila) ha depositado una liebre en su en su elevado nido: no hay posibilidad alguna de huir para la prisionera, y la raptora contempla su botín. Y ya había terminado el viaje, y saliendo de las cansada nave habían desembarcado ya en sus playas, cuando el rey arrastra a la hija de Pandión a un apartado caserío, en la oscuridad de añosas espesuras, y allí, mientras ella palidece y se altera y tiene miedo de todo y pregunta, ya entre lágrimas, dónde esta su hermana, la encierra; y declarando su crimen subyuga por la fuerza a quien era doncella y estaba sola, y a quien en vano llamó a gritos muchas veces a su padre, muchas a su hermana querida, y más todavía a los dioses poderosos. Tiembla ella como una despavorida ovejita que, habiéndose escabullido, herida, de la boca del lobo de gris pelaje, todavía no se encuentra segura, y como una paloma con las plumas mojadas en su propia sangre se espanta aún y sigue teniendo miedo de las garras en que estaba enganchada. Cuando, después, recobró el control de sí misma, revolviéndose los sueltos cabellos como una plañidera, hiriéndose a golpes los brazos y tendiendo sus manos, dijo: "¡Oh bárbaro por tus atrocidades, oh empedernido! Ni te han conmovido los encargos de un padre con sus amorosas lágrimas, ni la ansiedad de una hermana ni mi virginidad ni las leyes del matrimonio? Todo lo has trastornado: me he convertido en la rival de mi hermana, tú en esposo doble, y merezco el castigo que se da a un enemigo. ¿Porqué no me quita la vida también, para que no te quede, pérfido, maldad alguna por cometer? ¡Y ojalá lo hubieses hecho antes del impío concubinato! Habría disfrutado de unas sombras libres de deshonor. Pero si los dioses ven estas cosas, si son algo las divinas potestades, si al mismo tiempo que yo no se ha perdido todo, alguna vez me pagarás con tu castigo. Yo misma, divulgando mi deshonra, anunciaré tu acción: si tengo posibilidad iré a la gente; si se me retiene encerrada en las selvas, llenaré las selvas y convenceré a las piedras, mis testigos. El cielo lo oirá si algún dios hay en él."
Suscitada por tales palabras la cólera del feroz tirano, y no siendo menor su miedo, espoleado por los dos motivos , saca de su vaina la espada con la que iba ceñido, y agarrando a Filomela por los cabellos le sujeta los brazos a la espalda y la obliga a soportar cadenas. Ella presenta el cuello, pues al ver la espada había concebido la esperanza de morir: Tereo le cogió con unas tenazas la lengua, que con indignación pronunciaba sin cesar el nombre de su padre y se esforzaba por hablar, y se la cortó con la feroz espada. Palpitaba con sus convulsiones el extremo de la raíz de la lengua; ésta está en el suelo y cuchichea agitándose sobre la negra tierra; y, como suele saltar la cola de de una culebra a la que se ha mutilado, se revuelve y busca al morir las huellas de su dueña. Incluso después de esta atrocidad (Yo apenas me atrevería a creerlo) se dice que muchas veces volvió Tereo a utilizar para su deleite aquel cuerpo lacerado.
Es capaz, después de tales acciones, de volver a Progne, que, al ver a su esposo, busca a su hermana; pero él profiere mentirosos gemidos, le cuenta una supuesta muerte, y las lágrimas le dieron crédito. Se arranca Progne desde los hombros las ropas resplandecientes de oro en amplias franjas, y se viste telas negras, y apresta un sepulcro vacío y ofrece sacrificios expiatorios a unos falsos manes y llora la fatalidad de su hermana, a quien no era así como debía llorar.
Había recorrido el dios los doce signos en el transcurso del año. ¿Qué podría hacer Filomela? Una guarida le cierra la posibilidad de huir, los muros de la granja se alzan impenetrables, construidos de sólida piedra, su boca muda está desprovista de la capacidad de delatar lo ocurrido. Grande es el talento propio del dolor, y el ingenio acude en socorro de las situaciones apuradas. De un telar de los bárbaros cuelga ella, astuta, una urdimbre y en medio de los hilos blancos entreteje unas marcas de color púrpura que son la denuncia del atentado, y una vez terminado el trabajo se lo entrega a una esclava y le pide por señales que se lo entregue su señora; aquella conforme se le había pedido, se lo dio a progne: no sabe que es lo que entrega con aquel tejido. Despliega la prenda la consorte del salvaje tirano y lee el desdichado mensaje de la suerte de su hermana, y (¡es admirable que pudiera!) calla: el dolor le selló la boca, y su lengua no encontró las palabras de suficiente indignación que buscaba, y tampoco le es posible llorar, sino que se precipita dispuesta a confundir el bien y el mal, y se entrega plenamente a imaginar la venganza.
Era la época en que las señoras sitonias suelen celebrar los festivales bienales de Baco; la noche es testigo de los festivales. Por la noche suenan el Ródope de algunos tintineos del bronce: entonces salió de casa la reina y se equipa para los ritos del dios empuñando las armas frenéticas. Se cubre la cabeza con sarmientos y pámpanos, de su costado izquierdo cuelga una piel de ciervo, sobre su hombro descansa una ligera jabalina. Lanzándose a través de las selvas acompañada de un tropel de seguidoras, resulta terrible Progne y, alterada por el enfurecimiento de su rencor, simulando el tuyo, Baco. Llega al fin al apartado caserío y profiere alaridos y hace resonar el euhoe (grito báquico) y echa abajo la puerta arrastrando consigo a su hermana y, llevándosela, la viste con los atavíos de Baco y le oculta el rostro con hojas y ramas de hiedra, y tirando de ella, que está espantada, la conduce dentro de sus propias murallas.
Cuando Filomela se dio cuenta de que se encontraba en la mansión infame, sintio escalofríos la infeliz y palideció en toda la extensión de su tez. Progne, después de alcanzar un lugar idóneo, quita a su desdichada hermana los ornamentos del culto, le descubre el rostro avergonzado y se echa en sus brazos. Pero Filomela no es capaz, teniéndose por rival de su hermana, de levantar los ojos hacia ella, y queriendo jurar, con la cabeza inclinada hacia el suelo, y poner a los dioses por testigos de que aquella deshonra se le había hecho por fuerza, su mano hizo las veces de la voz. Arde Progne y no contiene su cólera, y reprochando el llanto de su hermana le dice: <>. Mientras tales cosas expone Progne, se acerca Itis (hijo de ella y de Tereo) a su madre; su presencia le sugiere qué es lo que puede hacer, y, mirándole con ojos implacables, dijo: <>, y sin hablar más prepara una acción siniestra y hierve en silenciosa cólera. Cuando al fin llegó el hijo y saludó a su madre y se le colgó del cuello con sus bracitos y le dio besos mezclados con infantiles caricias, se sintió impresionada, sí, la madre, y su cólera, desarmada, se detuvo, y sus ojos, sin querer, se humedecieron de lágrimas que brotaban a su pesar. Pero tan pronto como advirtió que como madre vacilaba por su acendrada ternura, apartó de él la mirada volviéndose de nuevo al rostro de su hermana, y mirándolos alternativamente a los dos, dijo: <>
Y en el acto arrastró a Itis, como un tigre del Ganges a la cría lactante de una cierva a través de las selvas umbrosas, y cuando se encontraron en un sitio apartado de la profunda mansión, mientras el niño tiende las manos y advierte ya su destino y grita <<¡madre, madre!>> y busca su cuello, lo traspasa Progne con la espada en el sitio donde el pecho se une al costado, y no vuelve la cabeza. Incluso un solo golpe hubiese bastado para su muerte: pero Filomela le corta el cuello; y aquellos miembros, vivos todavía y que aún conservan algo de aliento, los despedaza; a continuación, unos saltan en capaces calderos de bronce, otros chisporretean en asadores: chorrea sangre la estancia. Con ellos, sirve la esposa una mesa a la que invita a Tereo, que nada sabe, y fingiendo que se trata de un rito tradicional de sus padres al que sólo es lícito que asista el marido, hizo retirarse a acompañantes y criados. Tereo, así sentado en el alto sitial de sus antepasados, va devorando y amontona en su vientre sus propias vísceras, y, tan grande es la oscuridad de su alma, dice:<< Lamad aquí a Itis.>> No puede Progne disimular su salvaje goce y, ansiando ser la mensajera de su propia calamidad, dice: <>. Mira el a su alrededor y pregunta dónde está; mientras sigue preguntando y vuelve a llamar, avanzó de un salto Filomela, conforme estaba con los cabellos salpicados de la infernal carnicería, y arrojó a la vista del padre la cabeza ensangrentada de Itis, y en ningun otro momento habría preferido poder hablar y testimoniar su goce con bien merecidas palabras. El tracio derriba la mesa con estentóreos gritos e invoca a las viperinas hermanas del valle estigio ( Furias o Euménides), y unas veces ansía abrirse el pecho , si pudiera y sacar de allí el espantoso festín y las entrañas sumergidas, otras veces llora y se llama miserable sepulcro de su hijo y ya, por fin, persigue con el hierro desnudo a las hijas de Pandión. Se hubiera dicho que los cuerpos de las Cecrópides estaban sostenidos por alas: por alas estaban sostenidos. Una de ellas se encamina a las selvas, la otra se acerca a los tejados, y aún no han desaparecido de su pecho las señales de la matanza y sus plumas están marcadas de sangre. Él, veloz por su dolor y por el deseo de castigar, se convierte en un pájaro que tiene en la cabeza una erguida cresta, el pico se prolonga desmesuradamente sustituyendo a la larga lanza; abubilla es el nombre del pájaro y tiene el aspecto de un guerrero armado.
(...)
Filomela se ha transformado en ruiseñor y Progne en golondrina.

domingo, 9 de marzo de 2014

Rainer María Rilke> Elegías de Duino> Cuarta Elegía.


La cuarta elegía
Oh árboles de vida, ¿cuándo el invierno?

Nosotros no vamos al unísono. No somos sensatos
como las aves migratorias. Retrasados y tardíos,
nos imponemos repentina, forzadamente a los vientos,
y nos derrumbamos sobre un estanque indiferente.
Sabemos al mismo tiempo florecer y marchitarnos.
Y por algún lado andan todavía los leones y no saben,
mientras siguen siendo majestuosos, de impotencia alguna.
Pero nosotros, cuando queremos una cosa, siempre,
ya estamos acariciando la otra. La hostilidad
es en nosotros lo primero. ¿Acaso los amantes
no están siempre poniéndose límites, uno a el otro,
ellos, que se prometían espacios, presa, hogar?


Personalmente recomiendo la lectura de la versión al español de Jaima Ferreiro Alemparte. Una magnífica Antología puede leerse en la colección AUSTRAL. Desafortunadamente no la encuentro en la red. Os dejo, como muestra, su versión de estos primeros versos: 



Cuarta Elegía

¡Oh, árboles de la vida! ¿Cuándo vuestro invierno?
Nosotros no vamos al unísono. No somos avisados
como las aves migratorias. Tardos y rezagados
nos imponemos de pronto a los vientos,
para caer luego en un estanque indiferente.
En nuestra conciencia se dan a la vez florecer y marchitarse.
Y todavía en alguna parte viven leones, que nada saben
de impotencia, mientras dura su esplendor.

Pero nosotros, cuando pensamos una cosa, enteramente, 
estamos sintiendo ya el despliegue de la otra. La hostilidad
nos es lo más próximo. Los amantes, ¿no tropiezan 
constantemente con sus límites, el uno en el otro,
ellos, que se prometían espacios dilatados, caza y patria?
(...) 

R.M.R. En versión al castellano de J.F.A.

sábado, 22 de febrero de 2014

Mateo Santamarta> No vendrá ya mi dulce Ariadna.


No vendrá ya mi dulce Ariadna
No tendre más el hilo de la amada...

Transformado en tupida telaraña
que de mi laberinto cubre las estancias
sus paseos y callejas recortadas
No hubo ayer
                    ya no hay hoy
                                          no habrá mañana.

Camino vacilante en esta noche
que de sí se alimenta y nunca acaba
Buscaré ya sin fuerzas esa aurora
que otros días suavemente me abrazaba

Me perdí en las tinieblas 
                                    en la nada
Me extraviaron los ásperos graznidos
de esas aves siniestras del crepúsculo
que le dieron alas negras a mi alma

Desaparecieron los cielos tan profundos
en que sin miedo mis alas desplegaba

No volverán a iluminarlos las sonrisas
no me arrullará la voz que acariciaba
el terciopelo sonoro que yo amaba
en la noche profunda de mi anhelo
en que aprendo
                       ya sin miedo
el sueño eterno 

mateosantamarta2014

miércoles, 12 de febrero de 2014

Miguel Hernández > Llamo al toro de España.


LLAMO AL TORO DE ESPAÑA
Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante,
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.


De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.


RUSIA

En trenes poseídos de una pasión errante
por el carbón y el hierro que los provoca y mueve,
y en tensos aeroplanos de plumaje tajante
recorro la nación del trabajo y la nieve.

De la extensión de Rusia, de sus tiernas ventanas,
sale una voz profunda de máquinas y manos,
que indica entre mujeres: Aquí están tus hermanas,
y prorrumpe entre hombres: Estos son tus hermanos.

Basta mirar: se cubre de verdad la mirada.
Basta escuchar: retumba la sangre en las orejas.
De cada aliento sale la ardiente bocanada
de tantos corazones unidos por parejas.

Ah, compañero Stalin: de un pueblo de mendigos
has hecho un pueblo de hombres que sacuden la frente,
y la cárcel ahuyentan, y prodigan los trigos,
como a un inmenso esfuerzo le cabe: inmensamente.

De unos hombres que apenas a vivir se atrevían
con la boca amarrada y el sueño esclavizado:
de unos cuerpos que andaban, vacilaban, crujían,
una masa de férreo volumen has forjado.

Has forjado una especie de mineral sencillo,
que observa la conducta del metal más valioso,
perfecciona el motor, y señala el martillo,
la hélice, la salud, con un dedo orgulloso.

Polvo para los zares, los reales bandidos:
Rusia nevada de hambre, dolor y cautiverios.
Ayer sus hijos iban a la muerte vencidos,
hoy proclaman la vida y hunden los cementerios.

Ayer iban sus ríos derritiendo los hielos,
quemados por la sangre de los trabajadores.
Hoy descubren industrias, maquinarias, anhelos,
y cantan rodeados de fábricas y flores.

Y los ancianos lentos que llevan una huella
de zar sobre sus hombros, interrumpen el paso,
por desplumar alegres su alta barba de estrella
ante el fulgor que remoza su ocaso.

Las chozas se convierten en casas de granito.
El corazón se queda desnudo entre verdades.
Y como una visión real de lo inaudito,
brotan sobre la nada bandadas de ciudades.

La juventud de Rusia se esgrime y se agiganta
como un arma afilada por los rinocerontes.
La metalurgia suena dichosa de garganta,
y vibran los martillos de pie sobre los montes.

Con las inagotables vacas de oro yacente
que ordeñan los mineros de los montes Urales,
Rusia edifica un mundo feliz y trasparente
para los hombres llenos de impulsos fraternales.

Hoy que contra mi patria clavan sus bayonetas
legiones malparidas por una torpe entraña,
los girasoles rusos, como ciegos planetas,
hacen girar su rostro de rayos hacia España.

Aquí está Rusia entera vestida de soldado,
protegiendo a los niños que anhela la trilita
de Italia y de Alemania bajo el sueño sagrado,
y que del vientre mismo de la madre los quita.

Dormitorios de niños españoles: zarpazos
de inocencia que arrojan de Madrid, de Valencia,
a Mussolini, a Hitler, los dos mariconazos,
la vida que destruyen manchados de inocencia.

Frágiles dormitorios al sol de la luz clara,
sangrienta de repente y erizada de astillas.
¡Si tanto dormitorio deshecho se arrojara
sobre las dos cabezas y las cuatro mejillas!

Se arrojará, me advierte desde su tumba viva
Lenin, con pie de mármol y voz de bronce quieto,
mientras contempla inmóvil el agua constructiva
que fluye en forma humana detrás de su esqueleto.

Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas,
fuerza serán que cierre las fauces de la guerra.
Y sólo se verá tractores y manzanas,
panes y juventud sobre la tierra.
HERNÁNDEZ, MIGUEL

domingo, 9 de febrero de 2014

Quiero una huelga donde vayamos todos. Gioconda Belli.

HUELGA


Quiero una huelga donde vayamos todos.

Una huelga de brazos, piernas, de cabellos,
una huelga naciendo en cada cuerpo.

Quiero una huelga
de obreros, de palomas,
de chóferes, de flores,
de técnicos, de niños,
de médicos, de mujeres.

Quiero una huelga grande,
que hasta el amor alcance.
Una huelga donde todo se detenga,
el reloj, las fábricas,
el plantel, los colegios,
el bus, los hospitales,
la carretera, los puertos.

Una huelga de ojos, de manos y de besos.
Una huelga donde respirar no sea permitido,
una huelga donde nazca el silencio
para oír los pasos del tirano que se marcha.

(Gioconda Belli)
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sábado, 1 de febrero de 2014

Rainer María Rilke> Elegías de Duino> Tercera Elegía de Duino.

Pintura "Río de la sangre" (detalle)


Una cosa es cantar a la amada. Otra, ¡ay!,/
a aquel dios-río de la sangre, oculto y culpable./
Al que ella reconoce desde lejos, a su adolescente, lo que el mismo sabe/
del señor de la voluptuosidad, el que, a menudo, desde su soledad/
antes que la muchacha lo aplacara, a menudo también como si ella/
no existiera, erguía su cabeza de dios, ¡ay! chorreando desde/
lo desconocido para invitar a la noche a un tumulto sin fin./
¡Oh el Neptuno de la sangre! ¡Oh su temible tridente!/
Escucha como la noche se amolda y ahonda. Estrellas,/
¿no desciende de vosotras el claro deseo del amante/
por el rostro de su amada? Y la íntima penetración de su mirada/
en el rostro puro de la amada, no procede de la pureza de los astros?/

No fuiste tú ¡ay!, no fue su madre,/
quienes han tensado así los arcos de sus cejas en la espera./
No ha sido en ti, muchacha, que lo sentías, no fue tu contacto/
el que hizo que sus labios se curvasen, en expresión más fecunda/ (...)

RAINER MARÍA RILKE> ELEGÍAS DE DUINO> ELEGÍA TERCERA (fragmento inicial, versión de Jaime Ferreiro Alemparte, en Colección Austral de Espasa Calpe)
...


domingo, 26 de enero de 2014

Rainer María Rilke>Elegías de Duino>Fragmentos de la primera y segunda Elegías de Duino.

EL búho ciego, foto de foto


"¡Quién, si yo gritase, me oiría desde los órdenes 
angélicos? Y aun suponiendo que un ángel me estrechara 
súbitamente contra su pecho: mi ser quedaría extinguido 
por su existencia más fuerte. Pues lo hermoso no es más 
que el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar, 
y lo admiramos tan sólo en la medida en que , indiferente, 
rehusa destruirnos. Todo ángel es terrible.(...) "
...

Rainer María Rilke > Elegías de Duino> Primera Elegía. 



Pintura:Tobías y el ángel>Andrea del Verrocchio.

"Todo ángel es terrible. Y, no obstante, ¡ay de mí!, 
yo os canto, casi mortíferos pájaros del alma, 
sabiendo lo que sois ¿ Qué fue del tiempo de Tobías, 
cuando uno de los más resplandecientes apareció ante la humilde puerta,
un poco velado en atuendo de viaje para no infundir temor?
( Como un joven contempla a otro lo miraba Tobías con curiosidad)
Si ahora el arcángel, el peligroso, con sólo dar un paso 
descendiera hacia aquí, desde detrás de las estrellas:
de un vuelco nuestro propio corazón nos abatiría. ¿ Quienes sois? 
Tempranas perfecciones, vosotros seres mimados de la creación,(...)
...
Rainer María Rilke> Elegías de Duino>Segunda Elegía.